El politólogo Adam Przeworski planteó una reflexión contundente durante su reciente conferencia en El Colegio de México: mientras la democracia permite al pueblo escribir su futuro, este puede elegir caminos peligrosos. Su análisis destapa una paradoja contemporánea: los autoritarismos modernos ya no necesitan golpes de estado, sino urnas electorales.
Casos emblemáticos en Estados Unidos, Brasil, México y El Salvador demuestran cómo figuras con rasgos autocráticos logran capitalizar el descontento social para acceder al poder democráticamente, solo para luego erosionar las instituciones desde dentro.
Guillermo O’Donnell ya anticipó este fenómeno con su concepto de ‘democracia delegativa’, donde líderes electos concentran poder bajo el pretexto de representar la voluntad popular. El patrón se repite: Hugo Chávez en Venezuela utilizó procesos electorales para desmantelar checks and balances, mientras Jair Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en EE. UU.
cuestionaron los resultados cuando les fueron adversos, sembrando desconfianza en el sistema. La politóloga Nataly Wenzell Latsa profundiza en The Autocratic Voter cómo factores como redes sociales, polarización e identidad partidista distorsionan la cultura política.
Más que populismo, estamos ante una reconfiguración peligrosa donde sectores ciudadanos defienden agresivamente líderes que vulneran el pluralismo, confundiendo democracia con imposición mayoritaria. El desafío actual ya no es solo evitar dictaduras clásicas, sino proteger los sistemas democráticos de quienes los utilizan para destruirlos.
Redacción Dialektosdigital
