Este domingo, el cine celebra el 90 aniversario de Woody Allen, director cuya obra ha definido el humor intelectual neoyorquino mientras su vida personal permanece bajo escrutinio. Nacido como Allan Stewart Konigsberg en 1935, el artista transformó su infancia en Brooklyn en material crudo para filmes que mezclan neurosis urbana con agudo ingenio.
Su filmografía de 50 títulos incluye clásicos indiscutibles como ‘Annie Hall’ (1977) y ‘Manhattan’ (1979), obras que le valieron cuatro Óscars y consagraron su estilo: diálogos afilados, personajes reflexivos y amor por Nueva York. Sin embargo, su última década ha estado marcada por el declive creativo y el escándalo.
Las acusaciones de abuso sexual por parte de su hija adoptiva Dylan Farrow (aunque nunca probadas judicialmente) han redefinido su legado, llevando a estudios y actores a distanciarse del cineasta. Su última película, ‘Coup de Chance’ (2023), pasó casi desapercibida, contrastando con la relevancia de obras previas como ‘Midnight in Paris’ (2011) o ‘Blue Jasmine’ (2013).
Expertos como el crítico Sam B. Girgus destacan cómo Allen fusionó vida y arte: sus personajes eran extensiones de su persona pública -el neurótico urbano-, mientras Nueva York se convertía en co-protagonista. Hoy, a las puertas de su retiro, la industria debate cómo separar al artista de su obra en uno de los casos más complejos del cine contemporáneo.
Artículo original publicado en Diario Libre por EFE
